Cronista de nuestros días

Me llevó lo suyo decidir la primera lectura de la tertulia literaria. En los foros consultados señalaban la importancia de seleccionar bien la obra de apertura, porque de alguna manera es tomada como un acta fundacional, una declaración de intenciones, la brújula que marca el rumbo del grupo. Con ella teníamos que sentirnos cómodas e interpeladas las personas participantes para vernos con ánimo de continuar reuniéndonos. Resultaba obvio que el texto tenía que sintonizar con nuestras circunstancias: la mayoría, españolas, residentes todas en una ciudad ubicada en una latitud bastante septentrional, parte y público de una sociedad en transformación en la que lo que ha venido funcionando está dejando de hacerlo. Y, además de lograr reconciliarnos con ese lenguaje cuidado y culto alejado del utilitario y práctico que manejamos a diario, la obra debía, a ser posible, acompañarnos, entretenernos, divertirnos, emocionarnos. “¡Ganivet! ¡Cartas finlandesas!”, brotaron al fin tras mucho pensarlo.

Leí esta colección de cartas del diplomático y escritor granaíno al poco de llegar a Berlín y el arranque del grupo de lectura se presentaba como la ocasión perfecta para volver a ellas. Tomé el libro. Leí por encima dos, tres artículos. Fue ganando enteros como primera lectura hasta que se convirtió en la única candidata posible.

¿Por qué empezar con Ganivet y sus cartas finlandesas? Ganivet era entonces, como la mayoría de las participantes del club ahora somos, un expatriado. Él, a finales del siglo XIX, en Finlandia; nosotras, en 2017 en Alemania. Sin embargo, él y nosotras, nosotras y él, nos hallamos en similar brete: lidiando en plazas lejanas obligados a torear la nostalgia, el choque cultural y la soledad, a la vez que afilando la crítica sobre lo dejado atrás, gracias a la perspectiva que da la distancia entre origen y destino. Cómo el entorno y el paisaje condiciona a sus habitantes y consideraciones sobre el frío, la falta de luz solar en otoño e invierno o el buen acondicionamiento de ciudades y casas, centran no pocas de nuestras conversaciones… y de sus escritos.

En “Cartas finlandesas” habla de Finlandia, por supuesto. De su estructura política y de los grupos étnicos y sociales del país. De la mentalidad y el latido espiritual de sus gentes, que deduce de las aventuras y desventuras de los personajes de la Kalevala, la epopeya de los carelios, cuando afirma que “los héroes son como la tierra que los cría: grandes como sus bosques y tristes, sin luz” o cuando asegura que en Finlandia “el mal no es un concepto metafísico ni abstracto: es el frío, la nieve, la miseria, la falta de sol, la fiera que devora al ganador… todo cuanto en el clima existe, hostil a la vida del hombre”.

Pero conforme uno va avanzando en la lectura y va dejándola reposar, se da cuenta de que Finlandia es la excusa para desmenuzar los problemas de la España de su tiempo que, detalle arriba, detalle abajo, son los del nuestro. La actualidad de la obra viene porque hay muchas prácticas que siguen siendo habituales, como el enchufismo, el pavoneo, el peso de las apariencias o los políticos de salón que hablan de espaldas a la realidad.

Pese a los años pasados y a lo mucho sucedido, sus mensajes no están caducados y son tan sumamente subversivos y anti-establishment que bien podrían hacerse virales, ser carne de grafiti o aparecer impresos en el azucarillo que sirven junto al café. “En política todo sistema es falso; la realidad es demasiado grande”, “Un pueblo culto es un pueblo libre; un pueblo salvaje es un pueblo esclavo, y un pueblo instruido a la ligera es un pueblo ingobernable” o “Lo que hace falta no son legisladores, sino hombres de acción y de sentido común que sacudan el polvo a todos los organismos e instituciones” son algunos ejemplos.

Ganivet era un privilegiado que miraba y veía y esa es la clave de que sus obras parezcan haber sido escritas ayer. Merece ser enmarcada la carta en la que habla sobre cómo le propuso a un amigo granaíno político que, para contentar a sus electores, apostara por expandir y exportar jamones de Trevélez. La respuesta del político -te invito a leerla y/o releerla- bien puede ser la de cualquiera de los de hoy día. Triste que haya pasado más de un siglo y sigan repitiéndose patrones que se esperaban superados.

Curioso cómo persiste nuestra incapacidad para construir o reconstruir la imagen de España en el exterior. El español visto como hombre orgulloso, obligado a llevar a cuestas la leyenda negra, está en las cartas de Ganivet. Sigue sin haber en España, un siglo después, un relato consensuado de la historia nacional, lo que da pábulo a que abunden -ya lo decía él entonces- “una rara mezcla de ideas exactas y erróneas que provienen de las fábulas que en Europa forjan a nuestras expensas”. Y ahí seguimos enfangados en el mismo charco.

Con Ganivet nos hemos reído mucho en el grupo de lectura, nos hemos indignado a la vez que él y nos ha conmovido la inconsolable tristeza que dejan, como poso, sus crónicas. Maestría narrativa demuestra en la carta en la que enumera las diversiones de los finlandeses. El tono que predomina es el humorístico. Tiene gracia para contar las cosas. Pero no es una carcajada costumbrista, una risotada facilona. Es ironía inteligente. Sazona, que no satura. Se sitúa en un equilibrio divino. No pasa la frontera de lo chabacano. No cae en el insulto. Se queda ahí donde hace pupa. Hiere, pero sin derramamiento de sangre. Solo en contadas ocasiones se desparrama, a mi juicio, como cuando clasifica a los borrachos según su procedencia, con lo que da un paso hacia un humor negro, negrísimo como el betún, si bien toda esa desmesura no es gratuita y la invoca para referirse a una embriaguez que opera a otra escala: “La humanidad camina siempre en dirección a algo desconocido, que debe ser su casa, a la que llegará, como llegan los borrachos, aunque sea tarde y con la cabeza vendada”.

Ficha

 

De tu interés

La reconstrucción de los últimos días de vida de Ganivet, por parte de Antonio Enrique

 

Por María Ortiz

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