El escenario como escuela de vida

La relectura de este clásico de la literatura en castellano me ha llevado a una atrevida conclusión: de vivir hoy, Leandro Fernández de Moratín (España, 1760-1828) tendría bastantes opciones de trabajar como publicista. La obra que nos ha tocado leer y comentar en la tertulia de marzo, «El sí de las niñas» (1806), reúne lo esencial en toda campaña: obedece a una preocupación real de la época, tiene un objetivo claro que se corresponde con esa necesidad, un público objetivo con unas características y expectativas concretas, una vía de hacer llegar el mensaje (el teatro) y un diseño impecablemente calculado, donde cada punto y cada coma se debe al propósito principal y único.

Moratín critica los excesos a los que dio lugar la publicación en 1776 de una pragmática del rey Carlos III por la que se obligaba a los hijos a contraer matrimonio solo si tenían el consentimiento del cabeza de familia. Los padres elegían por sus hijos y decidían las parejas según su conveniencia personal (por sus ganas de medrar o asegurarse una vejez acomodada), y no porque ello fuera bueno para sus hijos. «¿Cuántas veces vemos matrimonios infelices, uniones monstruosas, verificadas solamente porque un padre tonto se metió a mandar lo que no debiera?», pone el autor en boca de Don Diego, uno de los protagonistas.

Esta idea de los matrimonios desiguales vertebra esta pieza teatral, justifica cada entrada y salida, cada comentario, cada recurso. Moratín conoce los modos y maneras del público y busca desde el primer momento que se sienta identificado con los personajes y con la trama, para lograr que cale el mensaje -que recuerda repetidamente en todo momento desde el principio-. Incluso hace hablar a sus personajes al estilo local y castizo (el «laísmo» propio del centro peninsular, donde se ambienta la trama, es reconocible en algunas conversaciones).

Pone la estructura, los personajes, el estilo, el lenguaje, la tensión narrativa, las perspectivas del narrador al servicio de una única causa, de tal modo que al espectador no le quede otra que adoptar su misma postura.

La maestría con la que ejecuta esta pieza la convierte en un magnífico exponente del teatro neoclásico, que aspira a convertirse en instrumento de reforma moral, que pretende cambiar la sociedad enseñando desde el escenario los vicios que la gente debe evitar y las virtudes que tiene que seguir.

 

Aspectos interesantes

Razones contra los matrimonios desiguales

La oposición de Moratín a estas uniones se explica por razones de tipo moral (sin amor no hay vínculos sólidos), social/demográfico (dada la baja natalidad de esos matrimonios, estos se presentan como totalmente disfuncionales desde este punto de vista) y también personal (el autor pudo haberse visto afectado por esta realidad).

Todo al servicio de un único propósito

Cuenta un solo suceso que acontece en un solo lugar (una posada de Alcalá de Henares) y en pocas horas (la acción empieza a las siete de la tarde y acaba a las cinco de la mañana siguiente). No hay subtrama. No hay acciones secundarias. Le es prioritario que no haya distracciones y la gente se centre en el asunto que se ofrece para reflexión.

Pocos personajes, tres protagonistas, uno de especial interés, una «indultada»

Moratín no sube a la vez demasiados personajes a escena, en la línea de no despistar al espectador y no complicar demasiado la trama. De hecho, salvo en la escena final, no suelen aparecer al mismo tiempo más de dos.

La acción gira en torno a tres personajes: Don Diego, el viejo convertido en galán y pretendiente; Doña Francisca (Paquita), la niña obediente obligada por su madre a una boda que no desea y que está enamorada de un joven al que ella llama Don Félix; y Don Carlos, nombre auténtico del supuesto Félix, que quiere casarse con Paquita.

Don Diego es el personaje más complejo de todos. Ha sido diseñado utilizando como base varios tipos diferentes (el galán, el padre, el tutor) y sus funciones se van sucediendo a lo largo del argumento.

Al término de la tertulia acordamos indultar a Doña Irene. Sus enredos casamenteros venían derivados de la difícil situación en la que las mujeres se encontraban en aquel tiempo. Podían jugar cartas muy limitadas y ella intentó en todo momento procurar la situación más ventajosa posible para su hija. Aunque con modos de verdugo, es víctima de su época, de ahí el «indulto» final consensuado.

Lenguaje fresco y popular

Si lo que se buscaba, como él pretendía, era que la gente no solo captara el mensaje, sino que lo pusiera en práctica en su día a día, no podía sino usar un lenguaje claro. Eso hace. Claridad ante todo y sobre todo para que al público no le cueste demasiado entender y se le dé mascadita la idea concreta que se quiere promocionar.

Es un teatro en prosa y no en verso por las mismas razones, una prosa liberada del recargamiento barroco, fresca, en la que se cuelan expresiones populares e incluso incorrecciones idiomáticas, como el «laísmo» que he comentado más arriba.

Tres actos

La trama está dividida en tres actos y se adecua perfectamente al reparto de la acción aconsejado por Aristóteles en tres momentos clave: el planteamiento, el nudo y el desenlace.

El primer acto es el del planteamiento (presentación de los personajes y de la situación, inminente boda entre la joven Paquita y el viejo Don Diego, exposición del enamoramiento de Paquita y Félix, Félix está en camino para reclamar a Paquita).

El segundo acto corresponde al nudo (Don Diego le pide sinceridad a Paquita, el encuentro de los amantes, el extrañamiento de Carlos de ver allí al criado de su tío Don Diego en el final, Carlos descubre que su tío está allí, Paquita cree que Carlos se ha marchado a Zaragoza).

El tercer acto es el del desenlace (Don Diego halla la carta reveladora de la historia de amor, manda al mozo a que vaya a por su sobrino y lo lleve a la pensión, Carlos le resume su historia de amor, Don Diego le confiesa a Doña Irene la verdad de la situación y le muestra la carta, provoca la escena final y conduce y decide el curso de los acontecimientos).

Motores de la historia

El enredo pone en movimiento toda la acción y la complica, posibilitando así la aparición del nudo. Se produce cuando se descubre la relación existente entre los dos galanes de la obra, el viejo y la joven: Carlos es sobrino de Don Diego, quien también es su tutor.

Es un enredo complicado, pero no imposible ni irracional y todos los elementos que lo producen quedan perfectamente explicados.

El recurso narrativo del documento encontrado como precipitador de los acontecimientos toma cuerpo en la carta que aparece en el tercer acto, gracias a la que el viejo conoce la realidad de su sobrino y de su prometida. Es fundamental para que los hechos se desarrollen en una determinada dirección y le hace a Don Diego entrar en razón y darse cuenta de la equivocación que supondría seguir con el plan previsto.

Lo que hay que hacer

Moratín busca -y consigue- poner en evidencia una conducta que considera un error o un vicio, en contraposición a la virtud y la verdad de la postura que él defiende.

Los enfoques de la educación se exponen por oposición. Así, Doña Irene defiende que hay que enseñar a los hijos a obedecer sin rechistar y da por cierto su derecho a elegir ella misma, por motivos particulares, la pareja de su hija sin contar con la opinión de la interesada; Don Diego rechaza frontalmente esas concepciones y los comportamientos que de ellas se derivan.

El modelo positivo es el defendido; y el negativo, totalmente rechazado, denostado y ridiculizado, como se observa con claridad en la escena VIII del tercer acto en las palabras de Don Diego hacia Doña Irene, cuando observa la disposición de Paquita a casarse con él por tal de obedecer los mandatos de su madre: «Ve aquí los frutos de la educación. Esto es lo que se llama criar bien a una niña: enseñarla a que desmienta y oculte las pasiones más inocentes con una pérfida disimulación. Las juzgan honestas luego que las ven instruidas en el arte de callar y mentir. Se obstinan en que el temperamento, la edad ni el genio no han de tener influencia alguna en sus inclinaciones, o en que su voluntad ha de torcerse al capricho de quien las gobierna. Todo se las permite, menos la sinceridad. Con tal que no digan lo que sienten, con tal que finjan aborrecer lo que más desean, con tal que se presten a pronunciar cuando se lo manden un sí perjuro, sacrílego, origen de tantos escándalos, ya están bien criadas, y se llama excelente educación la que inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio de un esclavo».

Ventana al momento histórico…

La naturaleza de hombres y mujeres, la esposa ideal, el concepto que el hombre tiene de la mujer, la actitud de los padres cuando los hijos quieren/deben ingresar en una orden religiosa, las relaciones amorosas, la vida del soldado, la rutina de la servidumbre… Estos y demás temas secundarios no tienen entidad suficiente como para funcionar como tales. Moratín no los desarrolla, por lo que no dan pie a tramas paralelas. Sí que nos sirven para reconstruir la sociedad del momento, como ventana al momento histórico en el que se enmarca la obra.

…y, sin embargo, actualidad del tema

El de los matrimonios desiguales y concertados por intereses de los padres sigue siendo una realidad en muchas partes del mundo.

También se ha comentado en la tertulia

  • Casa de muñecas (1879). Obra de teatro de Henrik Ibsen.
  • Francisco de Goya, pintor (1746-1828).

Ficha

  • Título: El sí de las niñas
  • Autor: Leandro Fernández de Moratín
  • Comentado en la tertulia de marzo de 2019

2 comentarios en “El escenario como escuela de vida”

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