El estigma de la diferencia

Con estos cuatro relatos ocurre que empezamos fijándonos en lo extraño del protagonista, lo insólito del planteamiento central, los derroteros insospechados que va tomando la trama, y terminamos en algo que no tiene nada de fantástico: lo raro incomoda, se aparta, hasta se excluye. Del susto pasamos a la lágrima, del terror a la compasión. Ido el subidón del factor sorpresa, viene el baño de realidad, más bien jarro de agua fría: la pieza que no encaja acaba estorbando.

El carácter peculiar significa a los protagonistas de los relatos. Son diferentes: Bartleby «vive» metido en una frenética involución irreversible, Funes en su extrema habilidad memorística, Jorge es un iluminado y la vecina de los conejos… bueno, ya descubrirás qué la convierte en especial. En todos está el individuo despreciado, arrinconado, señalado, el bicho frente a los demás.  En todos está el rechazo. Rechazo por raros, por distintos. El estigma de la diferencia.

El hombre gris

Bartleby el escribiente (1853). Herman Melville.

  • Maestría narrativa. Melville es un narrador sublime. Es de justicia agradecerle la habilidad que tiene de meternos desde el principio en el despacho de abogados que dirige el narrador, que empieza la historia hablándonos de sus empleados. Se refiere a ellos con descripciones un tanto despectivas, caricaturescas. Nos habla de su nuevo fichaje, un tal Bartleby, de su pálido rostro, de sus hábitos peculiares. Le sorprende su falta de vicios. Le exaspera su pasividad. Pero lo que realmente le desquicia es que se niegue a asumir un trabajo diferente al que estaba haciendo y que lo haga diciendo siempre la misma frase: “Preferiría no hacerlo”, frase que se convertirá en la única con la que Bartleby responda al jefe en sucesivas ocasiones. Una frase, por cierto, icónica del mundo de la literatura.
  • Denuncia social. Melville escribe este cuento una vez publicada “Moby Dick”, en su día un fracaso comercial que obtuvo, en general, una crítica adversa. Solo fue considerada una obra maestra después de muerto el autor e iniciado el siglo XX. Melville estaba, por tanto, desencantado con esa sociedad acrítica, atomizada, metida en rutinas asfixiantes, corta de miras. Bartleby es en parte ese ser alienado, es llevado al extremo la esclavitud del y al trabajo, que nos chupa la energía y la vida hasta dejarnos zombis.
  • Uno… y los otros. Lo que convierte este relato en digno de ser leído es la atracción de lo insólito del personaje Bartleby, punto discordante, motor de una historia en la que están por un lado, el jefe y los otros empleados, la parte “aceptada” de la sociedad, y por otro «el raro de Bartleby», ese ser mustio, marchito, vencido, rechazado al que nadie entiende ni quiere entenderlo. Esa incomprensión ante lo diferente, lo desconocido, lo veríamos años después en forma de bicho y llamado Gregorio Samsa. Precisamente Borges, que fue el responsable de la traducción al castellano de “Bartleby el escribiente” hecha en 1944, destaca la “inutilidad esencial” como elemento presente en este relato y que es una constante en la obra de Kafka y en autores de enfoques existencialistas.
  • También se habló de: La película «Joker» (2019), de Todd Phillips. A una participante en la tertulia el relato de Bartleby le recuerda a Joker, el ambiente sórdido, el fracaso de cualquier intento de inserción social…

Los límites de la memoria

«Funes el memorioso» (1944). Jorge Luis Borges.

  • El templo de las palabras. Gusta de Borges precisamente su respeto absoluto, rayano en la devoción, por las palabras. Por su música, su origen, su pertinencia. Las conoce, las cuida y las usa en su debido sentido, reservando a cada una su sitio preciso en la composición global. El mundo borgiano es complejo, no lo niego, pero hermoso. Es un templo de palabras donde los niveles de lectura encajan a la perfección y el texto funciona con la precisión de un reloj suizo.
  • La irrupción de lo insólito. Este cuento está incluido en “Ficciones”, una colección de relatos publicada en 1944, y habla sobre Ireneo Funes, un muchacho que, después de un accidente con un caballo, queda postrado y sufre una modificación en su memoria: es capaz de recordarlo absolutamente todo con pelos y señales. Da igual si es algo importante o secundario.
  • La inutilidad del talento. Borges cuenta su último encuentro con Funes, con quien conversa sobre su nueva capacidad. Una capacidad que le sirve para bien poco. Desde luego no le procura felicidad ni hace que lleva una mejor calidad de vida.
  • Reconocimiento de lo popular. Me encanta cómo introduce al personaje de Ireneo Funes. Lo primero que hace es sacarle la filiación. De quién es hijo, con quién vive. Eso del “¿y tú de quién eres?”, santo y seña en comunidades donde todo quisque se conoce. Borges, un erudito sin parangón, no pierde sin embargo nunca de referencia la cultura popular.
  • Interpretaciones. “Funes el memorioso” es un cuento riquísimo. El límite de la memoria, la profundidad del pensamiento, la construcción del conocimiento, el significado de la inteligencia, la necesidad de olvidar y soñar… Borges se mete en camisa de once varas, pero sale del brete, naturalmente, airoso.
  • Metaficción. Esto lo hemos visto recientemente en Niebla, en donde el narrador omnisciente Unamuno trata de tú a tú a Horacio, el protagonista. Anteriormente lo vimos en El Quijote. Aquí el Borges narrador “dialoga” con Funes, su personaje.
  • De interés: Entrevista de Mario Vargas Llosa a Jorge Luis Borges.

Transformación

«Cambio de luz» (1893). Leopoldo Alas «Clarín»

  • Arranque inquietante. “A los cuarenta años era don Jorge Arial, para los que le trataban de cerca, el hombre más feliz…”. Las historias que empiezan bien suelen seguir y acabar no tan bien. Es la calma anterior a la tormenta. Este relato no iba a ser la excepción. Me desencajó ese arranque, en el que se hace una exposición de esa vida maravillosa de su protagonista, Jorge, todo felicidad al calor del hogar, un hombre realizado en todas sus facetas, con una armónica vida interior… o eso parece. Porque como lectores penetramos en su alma y en el fondo Jorge se siente vacío, incompleto, algo que no se atreve a compartir con nadie, por miedo a los efectos de romper la vida idílica que todos conocen. Le falta la fe y este buscar a Dios se convierte en una obsesión que acaba teniendo efectos físicos en él (su ceguera) y consecuencias en su entorno (pérdida de poder adquisitivo).
  • Juegos de perspectiva. ¿Cambio o transformación? En la vida de Jorge, pues, hay un cambio, un trueque de una luz, la material, por otra de otro signo, la espiritual. Ese cambio de estado, ese cambio de una luz por otra, solo la ve el protagonista y nosotros, porque “vemos” desde su perspectiva. Para nada es compartida esa felicidad del iluminado con su familia, que pasa a tener una economía muy ajustadita. Para ellos no hay cambio, sino toda una transformación.
  • Incomprensión. Esa manera diferente de concebir la situación ahonda en la brecha entre el mundo de Jorge y el de la familia. Jorge es, por tanto, un gran incomprendido.
  • Realismo introspectivo. El de Clarín es un estilo que bebe del realismo, pero es un realismo con proyección, muy reflexivo, muy introspectivo, muy de construir, desde la singularidad, un tapiz más completo y complejo.
  • Existencialismo autobiográfico. En 1892 Clarín pasa por una crisis de personalidad y religiosa. El protagonista de «Cambio de luz» representa al autor y sus preocupaciones, sus dudas religiosas y su escepticismo filosófico. Clarín era miope y ateo. Hay mucho de él en Jorge Arial.
  • Profundidad. El relato es de una gran profundidad y entronca con las grandes cuestiones del pensamiento del momento: el hombre, espíritu y materia, y el hombre, destino y existencia.
  • La educación. Clarín entiende la educación como instrumento de progreso. Está empapado de krausismo. Será admirado por los posteriores regeneracionistas. Se deja ver en el relato la importancia de cultivar el espíritu.
  • De interés. Clarín, filósofo.

Maldita curiosidad

“Los conejos blancos”. Leonora Carrington.

  • Impacta lo decrépito, la podredumbre, el desagrado.
  • Morbo voyeur. En el cuento hay mucho de “voyeur”, de ventana indiscreta, de curiosidad irrefrenable. Ese interés repentino, desmedido por el vecino, ese ser hasta entonces desconocido.
  • Para interés, el que despierta la propia autora. Leonora Carrington es una mujer muy interesante. Inglesa de nacimiento, nacionalizada mexicana. Murió allí, en México, donde pasó la última mitad de su vida.  Pintora surrealista, escritora y su biografía, que abarca prácticamente todo el siglo XX, resume los altibajos del propio siglo pasado: brillante, rebelde, delirante, impulsiva, explosiva, visionaria, creativa, atómica.
  • Cuento oscuro, final de escalofrío. Pero el escalofrío no viene tanto de lo sobrenatural como de… ¡ay, que se me va la lengua!
  • También se habló de:
    El documental “Imprescindibles” sobre Remedios Varo. También sobre esta autora
    El cuento “El visitante” de Roald Dahl.
    La película «La ventana indiscreta» de Alfred Hitchcock.
    La novela «Némesis» de Philip Roth.
    El cuento «La radio enorme» de John Cheever.

 

Por María Ortiz

1 comentario en “El estigma de la diferencia”

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