Vida pura

La vida. Eso es “El camino”. Eso es la obra de Miguel Delibes. Mismamente la vida. Con sus temas, los graves, como la muerte o el destino, y los menos graves que cristalizan en ese modo habitual de ser y estar que es la rutina. Con sus gentes, gentes que callan, que hacen y deshacen a su manera, que hablan como lo hacen los demás de su entorno. Con sus inercias, con sus resistencias, con sus anhelos, con sus miedos.

No hay etiqueta posible para la prosa de Delibes. Paisajismo lírico, reporterismo realista con cierto deje de costumbrismo, crítica social, discurso introspectivo. Sus historias, como la vida, desbordan la vulgaridad del etiquetado y solo se deben a dos coordenadas, a un espacio y a un tiempo y en ambas se desliza el autor con sublime maestría, de lo que da amplias muestras en este libro. Delibes construye escenas llamando a las cosas por su nombre. Nada más sencillo, nada más difícil. Respecto al tiempo, logra el prodigio de trazar la infancia del protagonista en lo que da de sí una noche de insomnio, la previa a su marcha a la ciudad, donde su padre espera que le aguarde un porvenir mejor que el que puede alcanzar de quedarse en el pueblo. Daniel el Mochuelo, que así se llama el crío, se nos presenta claramente con una idea de camino muy diferente a la que tiene el padre y tratando de justificar esa disconformidad pasa la noche en vela, yendo de este a aquel episodio de sus años vividos, a modo también de velatorio, de duelo por el cierre de una fase de su vida al que se ve obligado.

Por eso, si tuviera que definir el estilo de Delibes, hablaría de una prosa que convence por su autenticidad. Convincente por auténtico.

“Las cosas podrían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así”. Así comienza este relato. Arranque magistral, como magistral es cada pieza que compone esta novela, pura vida.

La realidad y sus palabras

El mundo literario de Miguel Delibes está sostenido por palabras, las justas, las necesarias. Pinta el paisaje y a su paisanaje nombrando los elementos que lo componen y dejando que los personajes se definan por lo que dicen, por cómo lo dicen y por lo que hacen. Hablan a su modo y manera, en su dialecto, con su acento, sobre aquello que les significa por formar parte de un grupo humano determinado, con una trayectoria, en unas circunstancias concretas. Hablan y nos asomamos a su verdad.

Delibes adjetiva poco. Sus descripciones son sobrias. Los verbos dan la acción, tensan el nervio narrativo. Sobra la afectación. Huelgan las florituras.

Un narrador discreto

El papel del narrador es de una elegante discreción. No es preciso un narrador que opine y valore desde un pedestal ni que sermonee desde un púlpito. Sin embargo, esta posición del narrador no resta emoción alguna, de la que cada escena va bien servida.

Personajes auténticos

En “El camino” todo funciona. Y lo es porque el relato es auténtico, no solo verosímil. Sus personajes viven y respiran. Tienen tres dimensiones y unas biografías que les rellenan y que dotan de sentido sus acciones.

Delibes describe narrando y dejando que los personajes se muevan a sus anchas en un ambiente que les es propio. En él interrelacionan, o no, hablan y se retratan. Se muestran auténticos y a través de ellos nos asomamos a una manera ancestral de ser, al poso milenario de una cultura, a lo que se da en llamar la “sabiduría popular”.

Los personajes son personas corrientes, pero no vulgares. Los muestra en su singularidad, en su calidad de únicos y esto lo logra por su prodigiosa capacidad de escucha. El de sus creaturas es un lenguaje vivo.

Va, por tanto, más allá de la posible intención del autor de ensalzar la sencillez de la vida rural frente a la afectación y la desnaturalización a la que pueda obligar la marcha a la ciudad.

Campo versus ciudad

La ciudad no trae necesariamente un porvenir ni un bienestar. Esta idea está de alguna manera en esa intuición de El Mochuelo, en su recelo ante lo que viene, y por supuesto, también en la propia biografía del autor, quien se describía como “un provinciano cabal y químicamente puro”.

El escritor Francisco Umbral comentó en cierta ocasión que intentó llevarse a Miguel Delibes a Madrid y que este le respondió que para hacer novelas es mejor la ciudad pequeña, porque en ella se ven vidas redondas, es decir, que se ve a una persona pasar por las distintas edades de su vida. En la ciudad se conoce a una persona en un acto, en una faceta. Y ese ver las vidas redondas es lo que demanda la novela tradicional, son el material novelesco para narrar historias que empiecen y acaben.

El campo sombrío

Por otro lado, el campo no se mantiene siempre como ese ensueño mágico de “El camino” en la narrativa de Delibes y adquiere tintes sombríos en dos de sus más celebradas novelas, “Las ratas” y “Los santos inocentes”, donde exhibe la miseria de los campesinos frente a la vida desahogada de los señoritos.

La pérdida

En “El camino” aparecen temas recurrentes en la obra de Delibes. ¿Cuál es el sentimiento predominante en “El camino”? Hay mucha pérdida. La marcha de El Mochuelo a la ciudad para proseguir sus estudios no es jubilosa. Es una dolorosa obligación. Él se agarra a sus recuerdos. Se aferra a ellos, como si eso fuera a frenar, a impedir lo inevitable. Es un duelo en el que aquello que se va a perder queda bañado de belleza, frente a lo nuevo que se inicia, en lo que no hay un ápice de ilusión. Donde los demás, los adultos ven una clara oportunidad (de progreso social, de procurarse una vida mejor), el protagonista solo ve un túnel en el que no hay más que oscuridad.

Delibes arrastra durante toda su vida una obsesión por la muerte, tema que vertebra otras obras suyas como “La sombra del ciprés es alargada” o “Cinco horas con Mario”. La muerte está presente en “El camino” como amenaza (cuando sobrevienen enfermedades) y de facto (cuando muere el amigo del niño) y también en todo lo que comporta la muerte de pérdida, de ruptura, ese duelo por la fase concluida al que antes me he referido.

Toda una vida en solo una noche

La maestría narrativa de Miguel Delibes está también en su capacidad para hablar de toda una vida en unas pocas horas. Estira el tiempo real, que avanza lentamente en tanto El Mochuelo va recreando esta y aquella otra anécdota de su vida.

“El camino” es una historia de historias, retazos de una infancia donde caben muchas sensaciones.

Esta habilidad de concentrar y ensanchar y jugar con los tiempos narrativos está en “Cinco horas con Mario”, cinco horas en las que una mujer repasa su vida frente al cadáver de su marido.

Delibes periodista

Los ojos de Delibes son los ojos abiertos de El Mochuelo. El autor siempre estuvo dispuesto a acercarse a la realidad con esa mirada limpia, inocente, inmaculada que se le exige, por ejemplo, al periodista. Siempre escribió desde la humildad que se le presupone al que escribe, mero mensajero, llamado a trasladar lo visto y oído de la manera más vívida y auténtica posible a quien quiera saber sobre ello. La obra de Delibes no puede entenderse sin la vivencia profunda de su vocación de contar lo que pasa, sin esa faceta periodística. Narrar lo que ocurre con toda su profundidad y complejidad, desde el respeto a la realidad (y sus nombres), con capacidad de síntesis (Delibes da muestras de sobra de ese dominio del tiempo narrativo) y con esa habilidad para ver el aspecto humano de los acontecimientos y dejar hablar a los propios protagonistas. Delibes es ese cronista raso, honesto, currante, alejado de los focos y de las poltronas editorialistas. Y no se apeó de este principio ni cuando dirigió “El norte de Castilla”. Hay del estilo y del hacer que se espera del buen periodista en toda la obra de Delibes.

De interés

Ficha

  • Título: El camino
  • Autor: Miguel Delibes
  • Año: 1950
  • Comentado en la tertulia de octubre de 2018

Por María Ortiz

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