Vital, mundano, necesario

—Como veis, el sol está alto y el calor es grande, y nada se oye sino las cigarras arriba en los olivos, por lo que ir ahora a cualquier lugar sería sin duda necedad. Aquí es bueno y fresco estar y hay, como veis, tableros y piezas de ajedrez, y cada uno puede, según lo que a su ánimo le dé más placer, encontrar deleite. Pero si en esto se siguiera mi parecer, no jugando, en lo que el ánimo de una de las partes ha de turbarse sin demasiado placer de la otra o de quien está mirando, sino novelando (con lo que, hablando uno, toda la compañía que le escucha toma deleite) pasaríamos esta caliente parte del día. Cuando terminaseis cada uno de contar una historia, el sol habría declinado y disminuido el calor, y podríamos a donde más gusto nos diera ir a entretenernos; y por ello, si esto que he dicho os place (ya que estoy dispuesta a seguir vuestro gusto), hagámoslo; y si no os pluguiese, haga cada uno lo que más le guste hasta la hora de vísperas.

Las mujeres por igual y todos los hombres alabaron el novelar.

—Entonces —dijo la reina—, si ello os place, por esta primera jornada quiero que cada uno hable de lo que más le guste.

El Decamerón, de Giovanni Boccaccio

Me refugié en el Decamerón en el primer confinamiento pandémico y en aquel verano de 2020 se lo propuse a mis compañeras del grupo de lectura como puesto de socorro. Compartíamos con los protagonistas del texto de Giovanni Boccaccio la necesidad de ponernos en lugar seguro ante una plaga y las derivadas de ello: en nuestro caso, la covid-19 y, en el suyo, la peste que golpeó brutalmente Europa en 1348. Ellos se refugiaron en una villa a las afueras de Florencia, la ciudad en la que vivían y donde sobrevivió solo una quinta parte de la población, y decidieron reunirse día tras día hasta un total de diez para contar y compartir historias y pasar de esta manera las horas de más calor.

Durante los meses en los que la pandemia nos ha mantenido con la rutina embargada, nosotras juzgamos necesario continuar con nuestros encuentros literarios, pero hacerlo por videoconferencia, salvo contadas ocasiones en las que nos hemos visto en 3D. ¡Qué acierto proseguir con nuestras reuniones! “Vernos” y “oírnos” mes tras mes nos sacaba por un rato del contexto tan tremendo en el que teníamos que manejarnos. Si antes de todo esto importante era ya tener un espacio en el que intercambiar opiniones sobre libros y nada más que libros, en cuanto a enriquecedor y en lo que respecta también a poder ejercitar nuestra lengua materna en un nivel del idioma que no nos es factible viviendo como vivimos la mayoría de nosotras en el extranjero, la tertulia en tiempo pandémico ha sido una muy oportuna tabla de salvación anímica. Aunque la situación, dos años después, pinta de otra manera, seguimos en la modalidad virtual, pues permite que dónde esté uno físicamente no sea un factor decisivo para poder participar en la tertulia. Hay personas muy activas que viven en lugares muy distantes entre sí. Tampoco ando desatinada si afirmo que aún nos dejamos llevar por la inercia digital por lo que significó para todas aquel tiempo de silencio e incertidumbre en el que nuestras reuniones mes tras mes eran uno de los pocos alicientes en una agenda vaciada de eventos, horizontes, ilusiones.

En las historias del Decamerón encontramos una oportunidad perfecta para ausentarnos del desconcierto y reírnos. Por encima de todo fue la risa y la risa nos descongeló y nos permitió conectar después con la riqueza en temas y en recursos literarios, por ejemplo, o reconocer cómo el nacimiento a una nueva época impregna desde la intención del texto, hasta su tono o los juegos de narradores y dobles sentidos.

Primero fue la carcajada, luego ya vino el porqué de la sátira y después ya llegamos al fondo de la crítica. Primero fue el descoloque por la picardía, por la picaresca, por la carnaza y las bajas pasiones; luego ya vino el descubrimiento de una nueva melodía, acorde a los nuevos vientos que soplaban. Primero fue la frescura, la desvergüenza de las historietas populares; luego ya vino alabar a Boccaccio por su labor recopiladora y su afán de poner en valor la tradición oral.

Y así fuimos entrando en el Decamerón, hasta el punto de que nos podíamos ver perfectamente en aquel círculo de mujeres y hombres reunidos en torno a un centenar de historias. Y hasta nos animamos a contar eso que nos contaron quienes a su vez hablaban de lo que les habían contado.

La risa y sus propiedades mágicas, benditas, subversivas, revolucionarias.

Un centenar de historias en diez jornadas

La palabra “decamerón” está formada con raíces griegas (deka-diez/hemera-día) y significa “diez días”. Esta obra está formada por cien narraciones relatadas a lo largo de diez jornadas.

El título es una referencia al Hexamerón (los «seis días» de la Creación) de San Ambrosio, una reformulación en verso del relato bíblico del Génesis. La intención de Boccaccio es construir una analogía entre su propia obra y la de San Ambrosio: como el santo narra la creación del mundo y de la humanidad, de la misma manera el Decamerón narra la recreación de la humanidad, que se produce mediante los diez protagonistas y sus cuentos, tras la desolación que la peste ha producido en Florencia en el año 1348.

Probablemente, Boccaccio concibió el Decamerón después de la epidemia y lo terminó en 1353. Los argumentos básicos de las historias no son generalmente invención de Boccaccio; de hecho, se basan en fuentes más antiguas, italianas, latinas o francesas. Probablemente circulasen en la tradición oral, siendo él el primero en documentarlas.

El libro está construido como una narración enmarcada. La obra comienza con una descripción de la peste, que motiva a diez jóvenes (siete mujeres y tres hombres) a huir de la plaga refugiándose en una villa en las afueras de Florencia. Cada uno de ellos es nombrado rey o reina del día, cargo que implica elegir el tema de las historias de ese día.

Un confinamiento placentero

“Una buena cosa es tener compasión de los afligidos” expone Boccaccio al principio y esa voluntad de servir de consuelo y apoyo gravita en todo el texto, toda una propuesta de confinamiento placentero que ofrece vitalidad frente a decrepitud, que invita a un goce carnal del presente abonado al “más vale pájaro en mano”.

Se desarrollan tres temas principales, el amor, la astucia y la fortuna, motores del mundo. Entre los extremos de las cosas, lo virtuoso y lo execrable, se sitúan historias vitales, muchas cargadas de altas dosis de sensualidad.

El anticlericalismo presente en muchos relatos es síntoma de los nuevos poderes que emergen en la sociedad y reflejo de la pérdida de la fe ante una plaga implacable. Ese “¿dónde está Dios?” que se pronunció tanto en Europa a cuenta de las guerras mundiales y que nutrió las corrientes existencialistas, ya fue entonado muchísimo antes.

Se puede considerar el Decamerón como obra precursora del Renacimiento por la concepción profana del ser humano, la ausencia de rasgos fantásticos o míticos y la burla de los ideales medievales. Desde las bajas pasiones, Boccaccio usa la ironía y los dobles sentidos para construir relatos moralizantes y enaltecer las virtudes.

Personajes mundanos

Cada historia pone en escena personajes tomados de la realidad de su tiempo, caso de comerciantes, banqueros o campesinos, y también encontramos reyes, caballeros y personajes históricos, en distintos registros (cómico, patético, trágico, heroico, grotesco, picaresco…). Boccaccio se concentra en el ser humano, en cómo se comporta, en sus capacidades de adaptación ante los reveses de la vida y la variabilidad de la suerte. La mayor parte de los personajes hacen poco caso de los valores de la Iglesia, prefiriendo su intuición y su propio ingenio para salir airosos. Son seres desprovistos de rasgos míticos o místicos, prodigando los pícaros, los adúlteros y los mentirosos.

Irreverente, divertido, luego peligroso

Tal y como están las cosas con las censuras y las prohibiciones, no es descartable su retirada de la circulación o que lo tachen como desplaciente con los valores actuales, en pleno ejercicio anacrónico de descontextualización. Un aviso a los censores: que sepan que ya sufrió la censura de parte de la Inquisición, que lo incluyó en el índice de libros prohibidos. El Decamerón apareció en el índice bajo la letra B, aludiendo a sus «errores intolerables». Sí, fue un libro incómodo, como previsiblemente será. Así que siempre tendrá, inevitablemente, esa atracción de lo prohibido que lo hará más apetecible y siempre salvable del fuego y del olvido.

Tres apuntes más

  • Escrito en el vernáculo dialecto florentino, el Decamerón está considerado una obra maestra de la prosa temprana en italiano.
  • Fue adaptado al cine por el director italiano Pier Paolo Pasolini en 1971.
  • Cabe mencionar que algunas de las historias que contiene el Decamerón aparecen más adelante en los Cuentos de Canterbury (1380) de Chaucer.

FICHA

  • Título: El Decamerón
  • Autor: Giovanni Boccaccio
  • Año: 1353
  • Comentado en la tertulia de julio de 2020

Por María Ortiz

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