Una exitosa constelación de historias

«El principito» de Antoine de Saint-Exupéry cosecha tantos admiradores como detractores, de ahí que se preste como perfecto texto para tertulia literaria. Además, tanto que nos gustan las fechas redondas, en 2020 se cumplen los 120 años del nacimiento del autor, aviador y escritor francés con una biografía que se cuela en innumerables detalles de su relato más famoso.

Que hay aspectos que no funcionan en «El principito» es algo incuestionable, como incuestionable que siga siendo un éxito editorial 77 años después de su publicación. Quien pretenda encontrar en el relato de Saint-Exupéry una estructura sólida, un argumento bien cimentado o unos personajes bien plantados, se equivoca de parada. En defensa de este texto salen otras cuestiones, como un arranque muy logrado, imágenes potentes, el interés que despierta de por sí la idea del viaje como búsqueda de uno mismo o por las múltiples lecturas a las que dan pie los niveles simbólicos que operan en este libro, lo suficientemente universales para que no haya cultura que repela esta o aquella metáfora. Que sea un texto relativamente breve basta como aliciente para el público poco lector que agradece asimismo que la narración esté salpicada de ilustraciones sencillas hechas, por cierto, por el propio escritor.

Que sí, que vale que sea un archipiélago, una constelación de historias (por usar dos símiles que se emplearon en la tertulia para definir la obra) y que abuse de demasiados lugares comunes o que algunas frases suenen a citas de calendario (es que son usadas con frecuencia en calendarios, tazas, etc.), que sea, en definitiva, una pieza literaria eficaz y efectista que descansa sobre el cómodo colchón de un merchandising inagotable, pero Saint-Exupéry juega como gran baza tratar cuestiones que incumben al ser humano desde que el mundo es mundo, como la amistad, la soledad, la vanidad o cómo afrontar la muerte. Esto hace que sea un libro vigente en cualquier época y que tenga un eco especial en aquellas, como esta en la que vivimos, en las que cobran importancia esos valores que honran la condición humana. A su favor va también la sensibilidad, que no sensiblería, con la que pinta algunas escenas, como las que secuencian el vínculo del principito con el zorro, o la de la búsqueda del pozo junto al aviador, que bien salvan otras menos consistentes.

¡Ea! Si aún no te lo has leído o te lo leíste hace mil años, esta es una perfecta ocasión para hacerlo y sacar tus propias conclusiones. Porque siempre de la experiencia lectora uno sale reforzado.

Aspectos interesantes

Un inicio que atrapa

«El principito» tiene uno de esos arranques memorables de la literatura universal. La manera en cómo Saint-Exupéry plantea la historia, a modo de acertijo visual, es absolutamente sugestiva y atrayente, muy plástica y visual, a la vez que enigmática.

Un nuevo enfoque

Todo lo relativo a las enseñanzas que nos deja «El principito» generó un animado turno de intervenciones. Incluso hubo quien adujo suficientes argumentos para ver en el relato de Saint-Exupéry un manual de iniciación masónica. Él mismo era masón y la fraternidad, uno de los pilares de este movimiento, es también clave en «El principito». La idea de que alguien de las estrellas baje a la Tierra para salvar a un pobre mortal perdido en el desierto de la vida, hilo principal del relato, dice bastante a favor de este hipótesis. También se pone en valor el rito como algo necesario, «algo demasiado olvidado», «lo que hace que un día sea diferente de los otros días», le explica el zorro al principito.

Sí que convenimos en identificar como propósito de la obra una voluntad de armar una nueva conciencia social, de adoptar una manera de afrontar la vida, de mirar el mundo abierta, sin prejuicios, «con los ojos absortos por el asombro», como dice «el aviador» que miró «la aparición», esto es, como rememora la primera vez que vio al principito en mitad del desierto.

Hay también una clara crítica al materialismo y la superficialidad de la sociedad burguesa de la abundancia, con «personas grandes» que «aman las cifras», que andan siempre cogiendo trenes rápidos sin saber adónde van, perdidos en la urgencia, carentes de imaginación.

Al tener reciente la lectura de Ernesto Sábato, reconocimos en el texto de Saint-Exupéry esa reivindicación del hombre concreto frente al hombre masa. La importancia de querer a alguien en particular lo convierten en un ser singular, con valor.

Reconexión interior

Al respecto de los personajes, identificamos mayormente tipos y prototipos en ellos. Incluso en el principito vimos al aviador desdoblado. Coincide la marcha del principito con la reparación del avión y, por tanto, con la supervivencia del aviador, en lo que puede interpretarse como la reconexión del narrador con su yo puro, auténtico, con su voz interior.

Biografía ficcionada

También dedicamos bastante tiempo a reconocer aspectos biográficos del autor en las vicisitudes del principito y del aviador. La caída del aviador en el desierto está relacionada con un accidente que sufrió Saint Exupéry en 1935 en el Sáhara y que hizo que pasara allí cuatro días junto a uno de sus compañeros de vuelo. Este episodio lo desarrolla en la novela «Tierra de hombres» (1939).

La relación amor-odio que el principito mantiene con su rosa es claro trasunto de su matrimonio con Consuelo Suncin.

Símbolos universales

Una clave del éxito de «El principito» es que emplea símbolos que tienen una gran carga semántica en muchas culturas del mundo, por ejemplo, la serpiente, la idea del eterno retorno (del ciclo, del círculo), las estrellas y los astros, todo lo que tiene que ver con el trabajo de la tierra y la jardinería…

Como ya hemos comentado, hay suficientes pistas en el texto para ver en él un manual del iniciado masónico: la luz de las estrellas, la luz de la verdad; la fraternidad; la transformación interior como inicio del cambio definitivo…

También se pueden identificar símiles cristianos -el autor también lo era-, y los enigmas con los que habla el principito recuerdan a los que Jesús les iba revelando a sus discípulos y cómo estos no eran capaces de entenderlos enteramente en un primer momento o la inmolación necesaria de Jesús para obrar la redención del ser humano, como «la muerte» necesaria del principito, o paso, o «pascua» de la vida terrena a la espiritual, donde el cuerpo estorba.

Imágenes potentes, reforzadas por ilustraciones de trazo sencillo, suficiente para sugerir, elemento fundamental para estimular la fantasía y dar cuartelillo a todo tipo de interpretaciones, tantas como lectores hay… y como momentos de lectura se presentan en la vida de una persona, porque este libro tiene la singular habilidad de proveer aprendizajes con cada relectura. Y esta cuestión es, sin duda, una de las claves de su éxito.

Frases-eslogan

¿Quién no ha leído en un azucarillo, en un calendario, en una taza alguna frase de «El principito», tales como “No se ve bien sino con el corazón», «Lo esencial es invisible a los ojos”, «Solo los niños saben lo que buscan» o «Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que a los demás»? Y es que muchas parecen pensadas de inicio como eslogan, más que como parte de un todo. ¿O ambas cosas son perfectamente complementarias? He ahí la cuestión, una de las que muchas que crearon controversia en la tertulia.

Punto de vista narrativo

No lo definiría como un acierto, pero sí es un aspecto interesante. El narrador en todo momento es «el aviador», esto es, el autor convertido en personaje que narra desde dentro de la historia, desde su punto de vista, desde su experiencia directa con el muchachito enigmático. Ese narrador testigo se desliza hasta un papel de omnisciente en los pasajes protagonizados por el principito y en los que él no está y, por tanto, replica lo que el principito le ha contado sobre ello. Es una tercera persona muy cercana a la primera, porque comparte visión, perspectiva con el principito.

De interés

Ficha

  • Título: El principito
  • Autor: Antoine de Saint-Exupéry
  • Año: 1943
  • Comentado en la tertulia de diciembre de 2020

Por María Ortiz

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